Mujeres, madres... Y yo por el medio.
A mí las lecturas
que más me llegan o me encandilan son aquellas que tratan de personas normales,
que viven su día a día en el cual pasan las cosas extraordinarias (que cada uno
asume como tal, a su manera) que dan lugar y estructura al texto.
La mañana salió
fresca y yo, a su vez, salí de mi casa para cumplir mi deber de acompañar a mi
sobrina pequeña a su colegio, esperar a que saliera y estar con ella hasta que
se montase en el autobús que la llevaría al sitio mega-divertido donde iría con
sus compañeros.
Añado que no
estoy demasiado acostumbrada a estar en contacto con temas escolares de este
ámbito, pero hoy tenía la mañana libre y la petición de mi hermana (madre de la
criatura) de que, por favor, por favor, por favor, poooor favoooooooooor,
estuviera con la pequeña hasta que partiera, ya que ella no podía a causa de un
examen. Yo sin problema alguno, claro.

Mi bultito del escepticismo
empezó a palpitar cuando pensé en la situación:
“¿Acompañar
a la niña hasta que se fuese en el autobús? Pero si va a estar con todos sus
amigos y serán 5 minutos escasos en los que, en teoría, tengo que estar ahí
para ella, para que me vea, básicamente.”

“Pero
señora, deje al niño, si se encuentra sin ti a lo mejor le da por socializar
recién despierto, o algo”.

Una vez dejé en manos de su profe a mi sobrina, me dirigí dónde me habían indicado que debería estar, esperar a que su clase saliera en fila india y verla montarse en el pequeño autobús que los esperaba, ya en la puerta del colegio.
Hablaban entre
ellas, se ponían al día, lo mismo había alguna que ya estaba perfectamente
vestida para el resto del día laboral que había otra con lo primero que ha
pillado sólo para salir de casa y cumplir con su “obligación” de estar en ese
momento. A mí me parece muy curioso todo.
Empiezan a salir
los niños, las grupimamis se
movilizan y se dispersan buscando cada una el grupo de niños de la edad de sus
hijos. Yo que no puedo controlar apenas mis expresiones faciales debo de estar
con una cara de horror e incredulidad bastante palpable, porque moverse entre
multitudes no es lo mío.
Estiro el cuello
lo más que puedo para buscar a mi sobrina entre la amalgama de madres, profes,
niños, conductores y algún espontáneo que se cuela en la zona (vete tú a saber
por qué, HUYE, SEÑOR, HUYE). Y ahí, en medio de la confusión, me encuentro a mi
hermana que viene corriendo con una sonrisa enorme en la cara porque ella y su
compañera pudieron hacer ese examen, que les quitaba de poder venir, en el
tiempo justo para poder decir adiós hasta luego.
“¿En
serio? Pero vamos a ver, que ya estaba yo aquí, que la niña sólo va a estar
fuera en lo que es el horario escolar normal, todo va bien, no drama”.
Pues nada,
encontramos a la pequeña y, ya subida ésta en el autobús, observo una vez más
la situación:
Niños pequeños, nerviosos y emocionados, van a vivir una aventura que supone salir de su sitio natal para ir 30 km más allá. Madres que no paran de agitar los brazos aunque tengan al niño a un metro y sólo les separe un cristal.
Niños pequeños, nerviosos y emocionados, van a vivir una aventura que supone salir de su sitio natal para ir 30 km más allá. Madres que no paran de agitar los brazos aunque tengan al niño a un metro y sólo les separe un cristal.
“Sigo
sin entender por qué tanto follón, teniendo en cuenta que tampoco es un viaje
largo y que volverán a verlos a la salida del colegio”.
Pero al ver a mi
hermana y a mi sobrina digamos que la cabeza me hace “click”.
No es el hecho de irte más o menos lejos, es el
hecho de saber que tu madre está y estará cuando algo ocurra en tu vida, sea más
grande o más pequeño. Ahí estaban las dos, cada una con ojos llenos de emoción;
la pequeña porque viviría algo diferente y tocaba irse lejos de mamá, la madre
porque su hija viviría algo diferente y tocaba estar lejos de su pequeña.
Y eso es lo que
pasaba en cada una de las caras que yo observaba. Dejé de pensar en un “por qué tanto alboroto” a pensar en “eres tonta,
respeta estos momentos irrepetibles que dejarán de ocurrir cuando sus pequeños
crezcan”.

Una vez pasó el
momento lacrimógeno de la despedida, fui con mi hermana y sus compañeras a un
bar de la zona para que pudieran tomarse algo (y recuperar sales minerales).
Ahora es cuando
yo observo la transformación de madre a mujer propiamente dicha.
En ese ratito de
café y tostada me di cuenta de que estas mujeres estaban despidiendo a su hijo
al lado de un bus hace escasos 5 minutos y, ahora mismo, estaban diciendo
barbaridades varias y llorando de la risa por las mismas. Porque ser madre
puede cambiar tus prioridades, pero no cambiará jamás tu esencia. Seguirán
siendo las mujeres divertidas y deslenguadas de siempre. Esto no lo va a cambiar ningún pañal, potito o cualquier-cosa-de-maternidad que valga.
Hablan de sus vidas, de sus estudios, de sus
trabajos, de cómo lo hacen todo a la vez y siempre con una sonrisa, tomándose
con humor el estrés que, a mí, en sus zapatos, me llevaría por la calle de la
amargura segurisísimo.
Me está
encantando la situación de cachondeo y risas hasta que sacan el tema “el circo
ha llegado a la ciudad” y vuelven a pulsar el botón de “modo madre ON”. Me baja el
entusiasmo hasta que una de ellas suelta con todo el descaro del mundo “yo no
voy a gastarme un duro en ir al circo con los niños, para circo el que tengo yo
en mi casa, ese sí que es gracioso”.
Y vuelven las
risas. Me cae MUY bien esta mujer.
Son todas fabulosas, a sus estilos y maneras, FIN.

¿Es reggaetón lo
que suena de fondo en el bar a las 10 de la mañana? Todo puede ser, yo me
espero cualquier cosa hoy.
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